Recuperarse de una cirugía – ¡es más duro de lo que se piensa!

La historia de mi hombro es larga y triste pero acostumbro resumirla así: me lo disloqué por primera vez hace 11 años al caerme de una bicicleta en una senda rocosa y rural en pleno Cornwall, la región qué forma la punta suroeste del Reino Unido que tiene una sola sala de emergencias plagada de una congestión interminable; me herí la segunda vez festejando mi vigésimo primer cumpleaños danzando al estilo Vogue con demasiado entusiasmo, y desde entonces me lo he dislocado una decena de veces, en ocasiones haciendo cosas muy simples como bajarme del autobús.

Entonces, era con alegría que iba al hospital para concluir este capítulo fastidioso y larguísimo en mi historial clínico. En los años pasados he mejorado considerablemente mi salud física y también mental, y entré en el hospital creyendo que la cirugía y la recuperación iban a ir sin problemas grandes. Prometí en mi trabajo que regresaría dentro de una semana y organicé unas clases online por italki para tener algo con qué ocuparme en los días que pasaría sola en casa. Después de todo, yo era fuerte en ambos sentidos. ¿Qué tan difícil podría ser recuperarse de una operación?

¡Realmente fue durísimo!

El primer día, todavía atiborrada de anestesia y adrenalina, seguí con mis tareas como si fuera un día normal. Escribí, leí unas horas, di un paseo por el vecindario, ¡incluso hice un examen de prueba del DELE C2! ¿Quién habría podido decir que no me las arreglaba?

Al día siguiente me puse a la meditación, el pilar de mi rutina cotidiana, pero en lugar de enfocarme empecé a llorar. Mi mamá, que me había llevado desde el hospital hasta mi piso, me creyó bastante sana para dejarme sola. Mi compañera de piso no se encontraba pues le habían encargado vigilar una casa en ausencia de sus dueños, y aunque mis amigos sabían qué yo había sido operada, no tenían ni idea de cómo sufriría al sentirme sola. ¡Yo misma no lo sabía hasta ese momento!

¿Por qué me quebré en ese momento? Tengo varias teorías. La anestesia general es muy poderosa y el choque al cuerpo de herirse de repentino no se debe subestimar. Yo soy una criatura de hábitos, así que cada vez que mi rutina es interrumpida yo me hago un berrinchecito. Y quizá lo más embarazoso: estoy tomando un tratamiento hormonal, porque soy una mujer transgénero, y el famoso cambio de emociones vinculado con dichas sustancias finalmente me afligió. No pude ignorar lo femeninos que sonaban mis sollozos.

Es esta tercera razón la que ha dado en el clavo para mí. Estoy en un punto, una encrucijada, fundamental de mi vida. Acabo de encontrar mi vocación, mudarme, arrancar con la transición y, como si esto fuera poco, tengo que recuperarme y tener el brazo izquierdo en cabestrillo por 3 semanas (este artículo lo dicté). Me sentía muy vulnerable porque me era difícil aún ducharme y afeitarme, que son cosas importantísimas para una mujer que se convierte. Antes de la operación no me había dado cuenta de lo debilitante que iba a ser la recuperación.

En los años pasados me he vuelto mucho más estable, mucho más fuerte, pero es imposible vivir sin la ayuda y consideración de los otros, de los amigos, de la familia, pero también de sí mismo. Ese día, después de quebrantarme llorando, tendi la mano a mis amigos en el Internet y en la vida real. Sentí un alivio casi instantáneo, y muchos queridos amigos prometieron hablar conmigo, visitarme si lo necesitara, etcétera. Las cosas empezaron a mejorar y después de unos días ya pude ducharme y afeitarme sin mucho esfuerzo.

El mundo y la sociedad capitalista quiere hacernos pensar que lo más genial es ser libre, solo e independiente. Pero no hay gente independiente de cabo a rabo que sea al mismo tiempo feliz. Todos dependemos de las redes de amigos, de familia, aunque seamos muy fuertes en nuestro interior. Esta operación ha curado mi hombro, pero más importante, me recordó no dar por sentados mis sentimientos y mis compañeros.

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